Ella sola.
Que no le importa la apariencia , que todo le importa un culo, que lo único que quiere es vivir y que la dejen vivir así, que nunca sabe nada y tampoco quiere saberlo.
El único que sabía de sus mañas era él, el loco, el que la descubría por las noches tratando de ocultarle su vanidad y sus miedos.
Cuando llegaba de la calle se quitaba las tangas, ¡odio las tangas! Quien putas se inventó una tira de tela que se le meta a la mujer por el c…!! ah!! Las odio!!!
Y sin embargo, al otro día volvía a ponérselas. Y cuando las veía, cuando veía las que había comprado el día anterior, no podía dejar de sonreír: ¡Son tan lindas! Le decía a él, que la veía extasiado ponérselas, mientras que por su estómago plano de tanto comer chucherías rodaban gotas de recién bañada, y el cuarto se inundaba del olor de su shampo, y de su jabón, y de la crema de avena que se aplicaba en todo el cuerpo, y de su humor combinado con todo lo demás.
Entonces llegaba a su casa, se quitaba las tangas y se ponía los calzones más cómodos que tenía. Eran tres:
- Unos cacheteros blancos desteñidos, con borde rosado
- Unos calzones rosados con corazones rojos (estos a pesar de estar muy viejos apasionaban al loco)
- O unos azules con rayas rosadas, y con un roto al inicio de la nalga, sus preferidos,
Y todo el resto de la noche se la pasaba con uno de sus tres calzones y una blusa de pijama. Cuando se iba a dormir, sin que el loco la sorprendiera, se quitaba uno de sus tres calzones viejos y se ponía uno de los tantos finos que tenía, que adoraba comprar y que obviamente no eran tangas. Esto sólo por si en caso de emergencia le tocaba salir de su casa en calzones, no quería que la sorprendieran los vecinos con sus calzones más viejos.
Después se paraba en el borde de su cama y descolgaba los 2 cuadros piratas de Botero que tenía justo en la pared a la que estaba pegada su cama, el de la puta y el de la monja.
¡Este par de gordas no me van a caer en la cara en un temblor!, les decía cuando no estaba de mal genio. Les temía por el vidrio que las enmarcaba, pensó varias veces en quitárselo, pero decía que los cuadros se veían aún más chiviados de lo que eran sin el vidrio, así que todas las noches, se tomaba la molestia de descolgarlos y ponerlos debajo de la cama. Cuando se quedaba dormida antes de tiempo, el loco hacía esta labor silenciosamente, para no despertarla, pero los calzones viejos si se los dejaba, le encantaba verla sin su vanidad en su máxima expresión, y al otro día, cuando ella se despertaba y veía esos corazones en sus nalgas, le decía: “bajaste los cuadros y no me quitaste los calzones, ¿que tal que hubiera temblado? “
Y al otro día se levantaba, se bañaba y no se maquillaba, sólo se llenaba la piel de crema de avena, para que no se le resecara la piel nunca. Lo del maquillaje lo omitía para parecer más natural, para que el día que se maquillara todos notaran el cambio y alabaran su belleza, y ella sólo respondiera: “ah si, me eché un poquito de rubor para la ocasión”
Si los que la conocen la vieran de noche, no le creerían nada de lo que dice en el día, pero el único que la veía de noche le seguía creyendo.


